Leonardo Favio - 00010El 28 de mayo de 1938, bautizado Fuad Jorge Jury, nuestro Leonardo Favio comenzó a desandar el camino de los sueños, de los dolores y los riesgos. No fue una infancia fácil la que tuvo que soportar en sus primeros años. Travesuras y golpes se convirtieron en una constante y, aunque en algún momento por repetidas han dejado de doler, fueron las pequeñas chiquilladas y su reflejo violento los que marcaron en seco el cuerpo y el alma del niño.

La inquietud por conocer que envolvía aquellos primeros días, empujaba al joven Fuad a descubrir desde su alma de artista incipiente la respuesta al vértigo y las desigualdades, que entre callecitas y acequias, dominaba desde adentro la idiosincrasia mendocina. Todo lo conservadora que ha sido la estructura social de la zona no perdonaba las malas artes de este chico que, al haber sido abandonado por su padre demasiado pronto, fue sumando carácter a fuerza de patear el barro y reconocerse en el yugo.

La marginalidad a la que fue empujado, le sirvió de trampolín para lo que sería su etapa más dolorosa: el reformatorio, los castigos corporales, el abandono. «Fui un raterito que huía de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, de provincia en provincia. Conocí el hambre sin romanticismos literarios», aseguraría años más tarde ya en Buenos Aires.

Fue a parar a lugares como el hogar «El Alba», el Colegio Don Bosco y la Alcaldía de Menores en Mendoza.

Dicen que los artistas tienen alma de pájaros, y éstos sostienen su alma en el hecho de volar y trascender. Ese alma andariega acompañó a Leonardo en sus constantes escapadas de institutos que no lograron encerrar al espíritu inquieto, que con ganas de beberse la vida de un sorbo; dibujó las bases de su propio destino encontrando en la fe al inclaudicable bastión que lo sostendría por siempre.

Al interrumpir tempranamente sus estudios, con intenciones de conocer en vivo aquellos lugares que sólo podría imaginar, probó suerte en la Marina. En su corto periplo naval, aprovechaba el tiempo libre en despuntar un vicio que adoptó como legado de su madre y de su hermano Zuhair: el escribir guiones, descifrar historias. Aquellos primeros bocetos eran cortos radioteatros que en la noche leía en voz alta para probar con algunos de sus compañeros de soledades, la reacción que generarían las futuras representaciones.

El regreso a su tierra lo encontró decidido a continuar por ese camino, y fue en Mendoza donde comenzó a profesionalizar su novel oficio de contar historias. Pero algo siempre le parecía demasiado a Leonardo: demasiado silencio, demasiada tranquilidad, demasiada distancia. Esa distancia lo separaba del lugar que consideró el ideal para afianzarse y crecer en el arte: Buenos Aires.

En la gran ciudad algunas puertas se le abrieron ante el talento que demostraba en cada encuentro con colegas. Incluso, pasó satisfactoriamente una prueba de cámaras ante otro grande de la cultura popular: Enrique Carreras. La «pinta» del morocho cuyano no pasaba desapercibida, y a su ya particular y pausado modo de hablar le agregaba un rostro sumamente varonil que cautivaba al sexo opuesto y le serviría como arma fundamental para alcanzar sus objetivos artísticos.

El ángel de España sería su debut en la pantalla grande. Tan corta fue su participación que sus biógrafos no están de acuerdo en decir si efectivamente formaba parte de ese elenco, o si se trataba apenas de un extra con algún plano de más.

Fue un fructífero actor y sus más reconocidas participaciones se han dado en El secuestrador (1958), Fin de fiesta (1960) y la recordada El jefe, o la visión argentina del mundo de la mafia en la post guerra.

Su carrera avanzó de manera firme en los años siguientes ya que tanto Carreras, como Leopoldo Torre Nilsson –su gran referente y formador–, le brindaron la posibilidad de conocer por dentro el mundo del cine (aquel que lo había desbordado de color con sólo quince años al asistir al estreno mendocino de Rashomon de Akira Kurosawa). Fue un amor a primera vista. Entendió que ése era su lugar.

Las jornadas de filmación se extendían para Leonardo, debido al interés que mostraba en asimilar los conocimientos del «detrás de cámaras». Adquirió el suficiente bagaje técnico y actoral, para llevar adelante sus primeros intentos como líder de proyecto: El señor Fernández (1958, inconclusa), y la que sería considerada su primera perla: el cortometraje El amigo (1960).

El Hombre, el Director

La cinematografía de Leonardo Favio es considerada, muy a pesar de un sector de la crítica, como la mejor de la amplísima cartelera nacional, y es referente obligado a la hora de reconocer el valor de la nueva corriente del cine nacional de los ´60, gestada por valores como Favio, Torre Nilson, Héctor Ayala o Adolfo Aristarain.

En el momento en que gestó su corto El amigo (hay quienes aseguran que fue realizado para impresionar a María Vaner, a la postre madre de sus dos hijos mayores), podía advertirse en el creador la intención de reconocer los aspectos fundamentales de la infancia tal como la había vivido y padecido.

Su primer largometraje fue Crónica de un niño solo (1964), la cruda versión de lo que el sistema consideraba como solución para la minoridad en riesgo. Favio dio muestras acabadas de establecer su propio «dogma» en lo que hace a la fotografía y la aplicación sobre el realismo del movimiento en los protagonistas.

La continuidad del dogma Favio tuvo una segunda estación de lujo: riginada desde un cuento (‘El Cenizo’) de Zuhair Jury, El romance del Aniceto y la Francisca (realizada en 1965 y estrenada en 1967) es considerada como uno de los mejores filmes de la historia del cine nacional. Para completar la trilogía iniciática, en 1969 estrena El dependiente, también sobre otro cuento de su hermano Zuhair. Con esta obra, Favio inició un camino de problemas sistemáticos con la censura.

Comenzaba a pagar el precio de ser militante peronista. Sin apoyo oficial recibe un profundo revés económico que interrumpiría el inicio de la preproducción de un viejo anhelo del director: llevar a la pantalla grande la historia de Juan Moreira, sobre la base del radioteatro homónimo.

Además de Moreira, Favio jugaba con un proyecto que luego evolucionó hasta Soñar, soñar…. Además, iniciaba la adaptación de una historia que aún hoy continúa siendo un proyecto: la historia del anarquista Severino Di Giovanni sobre un texto de Osvaldo Bayer. A sabiendas de la imposibilidad de llevar adelante, por decisión política, la historia de Di Giovanni; decidió la realización del Moreira, protagonizada por Rodolfo Bebán. Juan Moreira se estrenó con enorme éxito en mayo de 1973.

«Mi cine es un cine que apunta directamente a la gente. Lo primero que me planteo es qué tengo ganas de contar, qué es lo que me impulsa, como una mujer en los últimos instantes antes de producir el nacimiento. Lo busco, me miento, pienso esto es ideal, comienzo a escribir cosas, hasta que de golpe, me doy cuenta… Es como si viniera el Espíritu Santo y te dijese: ahí está, esto es. Así nace mi cine. Así nació Juan Moreyra…» (Raíces, octubre 2007).

Nazareno Cruz y el lobo (1975) consolidó a Favio como director popular, enterrando definitivamente las críticas de colegas como Pino Solanas, que despotricaban contra el cine de Favio interpretando que éste se había alejado de la gente. Con el recordado protagónico de Juan José Camero y las antológicas personificaciones de Nora Cullen y Alfredo Alcón (El Diablo), las andanzas del lobizón argentino se transformaron en poco tiempo en la película más vista en la historia del cine argentino.

Continuando con su etapa más prolífica, en mayo de 1976, apenas dos meses después del golpe de Estado, Favio estrena su obra más simple y a la vez más compleja en cuanto a recurso actoral: Soñar, soñar…, protagonizada por Carlos

Monzón y el cantautor italiano Gian Franco Pagliaro. La obra fue denostada por el gobierno militar, a raíz de la reconocida militancia del mendocino, y sus copias fueron desapareciendo hasta convertirse en un incunable del cine de los ´70. «Hago una película cada año y medio, y de golpe, por razones ajenas, me paso ocho o dieciséis años sin filmar, como con Gatica. Pero doy las gracias a Dios que me dedico a la canción que me da el sustento, así que no extraño mucho el set» (Clarín, octubre de 2007).

Lo que continuó en la filmografía de Favio, es por demás conocido y se remonta al ciclo comprendido tras el retorno de la democracia en 1983. En 1993, el dilatado estreno de Gatica, el Mono, protagonizada por Edgardo Nievas, se transformó en el regreso con gloria al cine. Con críticas fabulosas a la que se reconoce como una de las mejores películas de la década, y con una respuesta popular que confirmaba la comunión entre el artista y su gente. Favio estaba de vuelta.

Con los ecos generados por los múltiples reconocimientos desde Gatica, en 1994 Favio se involucró (a pedido de Eduardo Duhalde) en la producción de la maratónica Sinfonía de un sentimiento, «la representación del peronismo»: una miniserie pensada, en primera instancia, como una mega producción de 6 horas de duración que detallaba en imágenes el nacimiento del movimiento peronista, y su impacto en la transformación de la sociedad argentina. El resultado del hecho artístico es inmejorable, siendo un collage claro y directo sobre la evolución ideológica del movimiento. A pesar de lo anterior, la difusión de la obra no fue lo que se esperaba, sobre todo por la falta de interés de parte de los programadores en sostener en pantalla un producto de duración no tradicional y que involucraba un gran número de seguidores y detractores.

Cerrando su filmografía, en 2008 estrenó Aniceto, musical que brinda a través de la danza una nueva visión sobre la historia de Aniceto y Francisca estrenada en 1967. La remake está protagonizada por el bailarín argentino Hernán Piquín en su rol principal. «En esta película no quise reflejar tanto mis ideas sobre el cine sino sobre la belleza del espectáculo audiovisual –dijo Favio–. En El romance… era la plasticidad, la cámara en movimiento. Acá no, acá es ‘un revoltijo de emociones’: la pintura, las sombras, el agua, los gitanos, la danza. Quiero romper los límites de lo cinematográfico. Ese es mi sueño. Y creo que en la próxima lo voy a agudizar más. Llegué a la conclusión de que todo es válido para lograr la emoción. Y que hay otras formas de hacerlo».

El Hombre, el cantante

El cine había sido desde siempre la forma de expresión elegida por Leonardo Favio, para mostrar su arte. Sin embargo, sobre fines de la década del ´60 y por un período no demasiado extenso, el artista demostró toda su ductilidad y su capacidad creativa, esta vez en clave de sol, con el recuerdo aún fresco de las tardes de tonadas.

La leyenda cuenta que fue un zapatero chileno quien, a cambio de cebar mates bien cebados, le enseñó los primeros acordes al pequeño Leonardo, y el chico, a fuerza de ganas, aprendió rápido. No imaginaba entonces lo que le depararía la vida, y que ese acto simple de rasgar sobre las cuerdas, se transformaría en buena parte de su tiempo y la herramienta fundamental de trabajo en su exilio obligado.

Algunos íntimos conocían de la vocación escondida de Favio, ya que con tonadas y milongas solía entretener a sus amigos. Y uno de estos amigos lo acercó a la antigua Botica del Ángel regenteada por Eduardo Bergara Leumann. Y el día mismo del debut se le acercó un ejecutivo de la CBS y le propuso grabar su disco de inmediato. «El primer tema que grabé fue un gran fracaso porque no vendí ni un solo disco. Se llamaba ‘Quiero la libertad’, y es una canción con la cual creía que se podía hacer una revolución, pero no pasó nada».

Por consejo de sus productores grabó ‘Fuiste mía un verano’ y ‘Quizá simplemente te regale una rosa’ y la explosión fue inmediata: el simple con los dos temas fue récord histórico e impulsó la salida inmediata del larga duración (1968), que se convertiría en un ícono de la canción romántica en toda Latinoamérica. El estilo Favio marcó una nueva era de

«contadores» de canciones. Siendo en la interpretación un precursor en aquello de estirar las sílabas para que parezcan más sentidas, adornando el fraseo con una voz eternamente grave, sumamente original, que ayudaba a disimular la falta de «estudio»; brindando un matiz particular posteriormente amplificado hacia otros intérpretes. «Yo canto porque me gusta tanto o más que el cine. Y si soy un compositor de vuelo rasante, bueno, cada uno vuela hasta donde le dan sus alas, pero estoy orgulloso de mis canciones».

Durante el exilio obligado del artista, Carola Leyton (una joven universitaria colombiana, su segunda esposa) sería su cable a tierra, y la música su herramienta de trabajo. Desde Colombia y México (lugares elegidos por Favio para vivir por obligación), hilvanó una cadena de éxitos que se extendió por todo el territorio americano, y trascendiendo más allá del océano sumando al suceso a la vieja Europa.

El Hombre, el Militante

Una parte sustancial de la vida de Leonardo Favio se relaciona con su adhesión y militancia en el peronismo; desde ese inconmensurable amor al pueblo y al movimiento peronista, el artista sembró en su periplo las bases de la ideología llevada a la práctica. Estas son algunas de las acciones que marcan el compromiso de Favio, su conducta ante la confusión generada desde los grupos de poder y el permanente opinar a favor o en contra de las realidades y los actores que componen la coyuntura nacional.

El sentimiento de Favio hacia el peronismo se gesta en su niñez, al reconocer en su propio hogar que el primer paso hacia la igualdad de derechos, se estaba dando desde un acto de simple justicia social. Gracias a la «realidad efectiva» implementada hacia el pueblo. «Cuando era pequeño, estaba en una pobreza infinita y de golpe comienza la felicidad. Voy avivándome de cosas. Cuando llega una máquina de coser… hechos concretos. No sabía qué era todo eso que estaba llegando. Estaba dándose a conocer un nuevo criterio en referencia al hombre: el hombre como centro de todo hecho político… Con los años, tuve acceso a la lectura: Jauretche, Marechal, el General fundamentalmente; entonces me fui acercando al aspecto intelectual del peronismo, a sus propuestas… hay un pudor que hace a la necedad del hombre de definirse con la cultura peronista. En ciertos círculos es como mersa, digamos. Entonces ¿qué ocurre? No es el peronismo el que tiene la deuda, son los artistas los que la tienen».

Durante la jornada del 20 de junio de 1973, en la convocatoria para dar la bienvenida al líder Juan Domingo Perón en su retorno definitivo al país luego del exilio, la organización del acto en Ezeiza convence a Favio de hacerse cargo de la conducción del evento. Esa tarde se desataría la tristemente célebre masacre de Ezeiza, una verdadera cacería humana de parte de grupos internos que decidieron dirimir sus diferencias en un encuentro que prometía ser una fiesta. Desde el escenario mismo y viendo el pandemonium desatado por la lluvia de balas, Favio se apropió del micrófono y, arriesgando su vida, trató de poner orden sobre la retirada de la multitud temerosa; si es que se puede dar orden a una de las convocatorias políticas más grandes de la historia.

Años más tarde tomó para sí la responsabilidad de involucrarse en el proyecto de reflejar con ojos de artista la evolución de la historia del peronismo, creando Sinfonía de un sentimiento, dejando, de este modo, para ésta y próximas generaciones de argentinos, una obra conceptualmente abierta, de profundo contenido metafórico e ideológicamente aleccionadora.

Marcelo Solís